Las calles están inundadas de combis. Todo el mundo las odia hasta el cansancio pero muchas veces no queda más remedio que montarse en una de ellas, aunque el puto olor a sobaco del cobrador altere tus intestinos.
Todos allí adentro parecen estar de mal genio, gracias al caos de la ciudad y a las maniobras suicidas del conductor, quien se afana por llevar la manada hasta su destino final. Nadie sonríe, nadie conversa. Si mucho el grito de una mujer cuarentona contra el cobrador por los 20 céntimos de más que pretende cobrarle. Todos miran impávidos la escena pero nadie dice nada. Es lo común, es el tráfico, es el Perú.
La otra vez me subí a una de ellas y su conductor parecía que estaba apostando carreras con el conductor de otra combi, más aplastada y más vieja que la suya. Apenas apretaba el acelerador y con sus dos manos agarraba el timón como si quisiera sacar del paso a los demás autos que se atravesaban cuando el semáforo estaba en rojo. Parecía demente, enloquecido, como si quisiera volar, como si quisiera estrellarse contra el mundo.
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